Nostalgia y racismo, las memorias de una hija del colonialismo

 ANDRÉS SEOANE

Cuando Isabela Figueiredo (Lourenço Marques, actual Maputo, 1963) regresó al Portugal natal de sus padres, a mediados de los 70, tenía 13 años y una misión. Contar, por petición de su padre, cómo el antaño idílico paraíso que había sido Mozambique —para los blancos, claro— se había transformado con la independencia y bajo el nuevo régimen del Frelimo en un caos de masacres, vidas amenazadas, encarcelamientos y sobornos. Entonces no lo hizo. “Las historias necesitan madurar dentro de nosotros y la literatura necesita un tiempo de reflexión, de barbecho. El mensaje del que yo era portadora era el discurso de mi padre, del colonizador blanco. Y ya de niña sabía que era solo un lado de la verdad”, explica la escritora.



Tuvieron que pasar décadas para que en 2009 se atreviera a explorar ese doloroso pasado, enmarcado en su más tierna infancia, que narra en Cuaderno de memorias coloniales, un absoluto bombazo en su país que disparó el debate social sobre la descolonización y que ahora trae a España Libros del Asteroide. “A la urgencia de escribir una historia que había guardado dentro de mí durante décadas, se unió el hecho de que estaba triunfando una visión de los de retornados que narraban un África idílica, como si el colonialismo y el racismo no hubieran sucedido”, afirma Figueiredo que fue la espoleta definitiva para plasmar sus recuerdos.


"Ser blanco significaba tener poder y ejercerlo arbitrariamente, ser negro, un desempoderamiento total", recuerda Figueiredo


Estas memorias son un duro y descarnado testimonio de cómo una niña pequeña advierte la desigual composición de su vida cotidiana, reflejo del brutal colonialismo al que Portugal sometía al país africano. “Ser blanco significaba tener poder y ejercerlo arbitrariamente, ser negro implicaba un desempoderamiento total. Los negros no se vestían como los blancos, caminaban con ropas viejas, sucias y rotas. Tampoco comían la misma comida, sino los restos”, relata Figueiredo. A través de breves historias, de fogonazos de recuerdos y de afiladas reflexiones, la autora reconstruye este mundo no tan lejano en el tiempo, pero impensable hoy en día.

El buen colonialismo

“Mi padre tenía una empresa de electricidad con empleados negros, porque podía pagarles lo que quería y podía golpearlos a placer. Lo he visto. Ellos se tomaban días libres como castigo”, recuerda la escritora, que incluye en el libro varios episodios de la crudeza de la vida de los negros en el Mozambique colonial. “Los niños negros trabajaban para los blancos desde que tenían fuerza en los brazos. Mis padres criaron a un niño negro de mi edad, cuando yo tenía unos 10 años. Su tarea era recolectar pasto para los animales y su sueldo era pan untado con mantequilla o mermelada y una taza de té. Robé dinero del bolso de mi madre para dárselo a escondidas”, narra la autora, cuya rebeldía ante la diferencia entre blancos y negros nunca encajó en la racista mentalidad de la época.

“La idea tradicional del blanco colonialista que a Europa le gusta alimentar es una mentira. Nunca ha habido un buen colonialista o un buen colonialismo. Dondequiera que sucedió este fenómeno, explotó los recursos naturales y los cuerpos de las personas, extinguió culturas y lenguajes”, defiende Figueiredo que añade que eso es algo que sigue hoy muy presente. “La mayor parte del tiempo disfrazado, escondido. En Portugal, los africanos siguen estando en la base de la pirámide del poder”.

Un prejuicio que durante años acompañó también a los llamados retornados. "Cuando llegamos a Portugal fuimos muy mal recibidos, como los villanos de la historia. Se nos acusaba de exploradores, esclavistas, de llevar una vida de lujo mientras los portugueses de Portugal vivían en la miseria", recuerda la escritora, que durante años ocultó su condición. "Escondí mi pasado para que no me acosaran en la escuela ni en la calle, era la única forma de sobrevivir sin grandes contratiempos. Sin embargo, el tiempo pasó y hacia mediados de la década de 1980, los repatriados estábamos plenamente integrados en la sociedad y ya nadie hablaba de nosotros".

Unos años antes llegaría el punto de inflexión que derrumbó como un castillo de naipes todo el secular entramado colonial. La Revolución de los Claveles de 1974 puso fin al régimen salazarista y abrió una línea de diálogo con las colonias que transformó una década de guerra independentista en la definitiva constitución de Mozambique como país. La violencia de todo tipo desatada contra los blancos fue atroz. “Yo suelo utilizar la metáfora de la olla a presión”, explica Figueiredo, que relata en el libro crueles matanzas. Los mozambiqueños negros se comieron hasta las mascotas de los blancos que se expatriaban.

Vista del centro de Lourenço Marques, hoy Maputo, a principios de los años 70

Un parque de atracciones

“Cuando mi padre me pidió que contara que los blancos estaban siendo sacrificados, era cierto, pero yo sabía que los blancos habían masacrado antes. La historia fue más compleja”. Tanto que a día de hoy, muchos años después, ese pasado, como ocurre en cada país con sus propios fantasmas, remueve todavía viejos odios, especialmente en Portugal. “Publicando este libro abrí la discusión social sobre este período y fui criticada y vilipendiada por todos aquellos que pretenden silenciar el lado oscuro de nuestro pasado colonial, especialmente los propios retornados”, lamenta Figueiredo. "Pero tengo la verdad de mi lado y la conciencia muy tranquila".

¿Qué queda hoy, casi medio siglo después, del Mozambique que retrata el cuaderno? Hasta 2016 la autora no volvió a pisar África, y el resultado fue inesperado. “Siempre sentí Mozambique como mi tierra natal y he vivido en Portugal con mucha nostalgia. Pero al viajar a Maputo, recibí una bofetada de realidad. Me sentí extraña, portuguesa”, recuerda una Figueiredo impactada al constatar que creció “dentro de una burbuja colonial. Me quedó muy claro que los portugueses estaban en África como ocupantes que siempre mantuvieron su cultura europea y se rodearon de ella".

Y resume, resignada que el África que conoció "era un parque de atracciones para europeos que hoy no existe. Por lo tanto, no encontré mi tierra ni la encontraré nunca, porque paradójicamente mi tierra es el colonialismo”. No obstante, la escritora celebra que hoy en día, casi 50 años después de la independencia, “comienza a existir una cultura verdaderamente mozambiqueña. Amo profundamente Mozambique y espero sinceramente que llegue a ser un gran país. Esa tierra y esa gente son perlas y se merecen un futuro brillante”.

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